La balanza se inclina hacia lo inevitable, hacia lo no deseado para una vida de jardinero, como hoy día por ejemplo, en las cuatro mesas de caoba unidas y reunidas: las discusiones y los panfletos eran la crema del café (un café embriagantemente dulce; meloso, brillante, empalagoso, falaz -lo dirá cronos-) mientras algunas almas perturbadas gritaban libertad todos los cuerpos presentes tenían caras cansadas; caras algunas,crédulas; caras de la mayoría, incrédulas; ¡solo una era linda!.. todas gesticulaban preocupadas. Cambio de dirección mi mirada hacia un cuadro de un Marx banalizado y una figura de Da Vinci que me mira desdeñoso y melancólico, Marx no tiene esperanza porque grita hasta el hartazgo no ser marxista mientras él mira a un grupo que dicen que lo son y no. Baudelaire estaba escondido y se ríe: ve a caminar, tus flores ya se las llevó el mes que pasó.
La balanza se inclina hacia lo inevitable en estos días donde el lápiz, tan hermoso, me mira lagrimeando. Los próximos meses son decisivos: me dice la nube gris; pero debo de dejar de pasar las horas: solo un ratito, para ver las hojas en el suelo que están siendo acumuladas por los rastrillos. El jardinero municipal, tan feliz él, ve los brotes de la primavera en su cuna de niño recién regada. Me gusta su uniforme verde. Odio la primavera. Ya no sé dónde estoy y dónde te encuentro. Camino en una senda cuyo nombre es de alguna construcción de abejas, entro sin pensar en una de sus puertas extrañas: todo es tan infinito bajo el neón, todo es tan tierno cuando las palabras son lanzadas al viento y, yo, no me convenzo... Evoco: heterodoxia. Pienso: ¿Qué serán de mis versos maltrechos?, andan siendo pintados sin substancia. Escribo: vengan y no la piensen tanto... ¡seres iconoclastas!
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