Blog de Alexis Baila-UNMSM 2010







sábado, 22 de septiembre de 2012

Pensamiento IV

Oxímoron, palabra que define, en estos días, los vericuetos mal tomados por seguir una acera falaz. La vida es una gran broma, al unísono exclamamos; pero... pero, Borges nos dice que hay un punto donde converjen todos los puntos, ¡ah, cuidado!, que si lo encuentras, ver todo lo que ya existe en el universo nada más te podría sorprender, tal vez, en ese momento, deberíamos aprender a reír. Oxímoron, oxímoron, mejor olvida ese nombre y sé como el catoblepas que vive para dedicarse a las líneas dibujadas en la acera y no para la acera misma. Hoy, hay una luz oscura en casa donde te quiero cuando ya no te quiero, donde escribo cuando no escribo, donde sueño sin soñar, donde pongo el dedo en la herida abierta sin que me duela, donde la realidad es irreal y no dejo de pensar en el zahir... Oxímoron... ¡Oxímoron! Tengo una soledad escoltada y una felicidad desolada.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Momento

Debemos de pensar que siempre son los momentos sencillos donde se es feliz infinitamente, esos, donde no se piensa en el mañana. Nada mejor en estos momentos que los recuerdos sencillos de eucaliptos y de cascadas, siempre dije que eras mi preludio a la soledad, una soledad bienvenida porque se es feliz cuando camino en la llovizna de madrugada con algo de musarañas en los zapatos, cascabeles en el aire y el humo diáfano descubierto por los focos coloniales. Terminada está en mi computadora tus líneas, solo es cuestión de tiempo, no sé cuando, para que lleguen a ti. Por ahora, se prende la luz de una puerta extraña y me voy a caminar en una calle adornada por el jardinero que espera el rocío en el lugar donde se esconde el tiempo y algún sueño. Él y su rastrillo saben que el porvenir no importa, pues, sabe bien que las hojas marchitas llevadas por el viento vuelven a brotar en algún momento en los árboles y los botones se desenvuelven poco a poco mientras se va adentrando en el jardín.

lunes, 10 de septiembre de 2012

LLAMADA EQUIVOCADA


-¡Señorita, tengo una queja!, hace tiempo que he despertado de un sueño y la realidad es muy cruel, ¿qué puedo hacer?

-Joven, lamento comunicarle que usted despertó al mundo real.

-Lo sé, ¿hay alguna forma de cortar ese servicio y volver a un estado onírico?

-Lamento comunicarle que solo tenemos dos soluciones. La primera y la más cercana es a través del sueño cotidiano. Esto, por lo menos, le permite alejarse del duro camino llamado vida por algunas horas. La segunda solución, aunque drástica, es el sueño eterno, pero yo le recomendaría que opte por la primera es de corta solución, pero trae consigo la oportunidad de, al despertar, poder seguir viviendo este camino lleno de injusticias y desacuerdos.

-Entonces, tenemos un plan A y un plan B, pero todas las compañías donde se reciben quejas, siempre tienen un plan C. ¿Ustedes no lo tienen? El primero, ese soñar cotidiano, ya me cansé de él, duele mucho más ver el alba que no soñar. Si no hay plan C, optaría por el B.

-Un plan C podría ser la locura o la amnesia, pero, ¿cómo podría lograr uno, por lo menos, de aquellas dos opciones?

-La locura me gusta más que la amnesia, porque aparte de soñar me gustan los recuerdos (es como volver a tener el olor del eucalipto entre mis dedos), ¿la locura es más duradera que el sueño cotidiano?

-Yo creo que sí, porque en el sueño cotidiano uno sabe que en cualquier momento tiene que despertar, por más que al pasar de las horas sigan allí las ilusiones presentes del sueño aquello; pero la locura es un sueño constante, es más, ni sabes que esos sueños son parte de tu vivir y toda la vida es como una profunda irrealidad además que podrías disfrutar de la sinrazón y creer que lo llamado imposible es lo real.

-Me estoy convenciendo en adoptar el plan C de su servicio, pero debo de preguntarle algo importante para poder adquirirlo: ¿Cuánto cuesta?, y dígame: ¿Tiene ofertas y promociones?

-El costo es un poco elevado, pero le garantizo la tranquilidad. Sería el resto de lo que queda de su vida. La promoción que le ofrecemos es que nunca más tendría que preocuparse por el mañana, lo cual le traerá la paz tan querida por usted, creo que con esa promoción la oferta está de más.

-Yo pensé que me cobraría la razón y me pide el resto de mi vida, entonces ¿qué lo diferencia del sueño eterno?

-Es cierto, para usted sería la razón. Pero para nosotros sería el resto de su vida ya que, precisamente, estaría, para nosotros, muerto en vida. Como dicen algunos: El hombre sabe y garantiza estar viviendo porque goza de la razón. Si opta por el plan C y ya no tendría razón, ¿podría llamarle vida al movimiento involuntario de su organismo?

-Entonces si decido la locura sin mi razón para soñar el tiempo sobre esta tierra ¿sería un muerto en vida?, pero el soñar con la locura constante siempre pensé que se llamaba vivir. ¿Está segura que esas son las reglas de su compañía? Yo siempre he contratado la compañía "Tarjeta Azul" porque me gusta el azul por ser sublime, pero me atreví a preguntar por la "Tarjeta Naranja" porque su voz me había atrapado por el teléfono.

-Joven, lamento comunicarle que tal vez esté equivocado. Yo no atiendo llamadas por teléfono y algo más. Al tipo de locura al cual suelo referirme es a la enfermedad cuyos llamados psiquiatras le han asignado ese nombre a la locura: a la cual usted se refiere, es a la característica neta del ser bohemio. Esa locura el artista la elige, mas no escapa de su realidad del todo, ya que si fuera así, usted no estaría presentando esta queja.

-Entonces: ¿Cómo puedo hablar con usted? ¡Así que usted se refería la demencia!, yo me estaba ya haciendo la idea de optar por la locura. Ahora incluso parece que mi queja ya no tiene fundamento, creo que he vuelto a despertar: ¡cómo duele el alba! Y creo incluso, que sigo con el servicio de la Tarjeta Azul.

- ¡Ja!, pero el naranja trae alegría, entusiasmo, el naranja trae tranquilidad: gracias al color naranja podría descargar toda esa energía negativa que ha dejado que invada su vida.

-Aún así su servicio no me convence, por el momento, seguiré con mi anterior servicio, parece que me he equivocado de quejarme con la compañía. Así fue, debo de quejarme con la Tarjeta Azul, hay un descuento por enajenaciones que, de cuando en cuando, utilizo y me regala aquella compañía. Seguiré anonadado por esos productos que hacen que viaje al Olimpo donde Nietzsche reniega con razón de Sócrates. Por otra parte, cuando esté listo o harto de mis viajes a lo ajeno, optaré por la gran broma de su Tarjeta Naranja, es decir, cuando aprenda a reír como el Mozart de aquel teatro llamado: “Solo para locos”, donde la entrada cuesta la razón.

-Es posible que llame de nuevo cuando aprenda a reír, pero dígame antes: ¿cómo puedo hablar con usted si no contesta teléfonos y yo puedo escuchar su voz?

-Tal vez al leer estas oraciones imagina mi voz. Su "locura" elegida, quizá, sea la causante de aquella incógnita.

-Su voz me ha atrapado como ese eucalipto que recuerdo cuando sueño, y es que tal vez, no estoy hablando con usted simplemente me estoy imaginando la voz de aquella que fue mi sueño en un mes lejano y desierto. Es decir, ya estoy soñando despierto, y es que en este momento acaba de llegar a la puerta de mi casa una nueva manera de enajenarme debido a la cortesía de la Tarjeta Azul.

-Lo que me parece es que la compañía Tarjeta Azul le ha ofrecido su alternativa de producto como una solución de corto plazo. Como trasfondo de esto, yo creo que más quejas tendrá a futuro si sigue tan fidelizado con esta empresa. Soñar despierto no es una solución que siempre servirá, más aún si son sueños que, tal vez, no haya intentado que se vuelvan realidad.

-No tengo otra alternativa aún no llego a la locura y tampoco he aprendido a reír. Espero volver a encontrar tu voz la próxima vez que llame. En este momento hay una llovizna que me habla y me pide caminar con lo que me queda de los productos de mi paquete recién llegado. Esta noche me despido, colgaré el teléfono y usted guarde sus ondas acústicas.

-Confío en que el aprender a reír llegará pronto. Trabajaremos en un nuevo producto inspirado en la necesidad de clientes como usted. Esperamos su llamada.


Él corta el teléfono y ella deja de sonar.



Autores: Dalma Llamoja y Alexis Baila




domingo, 9 de septiembre de 2012

SÁBADO, 6:30PM



La balanza se inclina hacia lo inevitable, hacia lo no deseado para una vida de jardinero, como hoy día por ejemplo, en las cuatro mesas de caoba unidas y reunidas: las discusiones y los panfletos eran la crema del café (un café embriagantemente dulce; meloso, brillante, empalagoso, falaz -lo dirá cronos-) mientras algunas almas perturbadas gritaban libertad todos los cuerpos presentes tenían caras cansadas; caras algunas,crédulas; caras de la mayoría, incrédulas; ¡solo una era linda!.. todas gesticulaban preocupadas. Cambio de dirección mi mirada hacia un cuadro de un Marx banalizado y una figura de Da Vinci que me mira desdeñoso y melancólico, Marx no tiene esperanza porque grita hasta el hartazgo no ser marxista mientras él mira a un grupo que dicen que lo son y no. Baudelaire estaba escondido y se ríe: ve a caminar, tus flores ya se  las llevó el mes que pasó.
La balanza se inclina hacia lo inevitable en estos días donde el lápiz, tan hermoso, me mira lagrimeando. Los próximos meses son decisivos: me dice la nube gris; pero debo de dejar de pasar las horas: solo un ratito, para ver las hojas en el suelo que están siendo acumuladas por los rastrillos. El jardinero municipal, tan feliz él, ve los brotes de la primavera en su cuna de niño recién regada. Me gusta su uniforme verde. Odio la primavera. Ya no sé dónde estoy y dónde te encuentro. Camino en una senda cuyo nombre es de alguna construcción de abejas, entro sin pensar en una de sus puertas extrañas: todo es tan infinito bajo el neón, todo es tan tierno cuando las palabras son lanzadas al viento y, yo, no me convenzo... Evoco: heterodoxia. Pienso: ¿Qué serán de mis versos maltrechos?, andan siendo pintados sin substancia. Escribo: vengan y no la piensen tanto... ¡seres iconoclastas!

MANUAL DE INSTRUCCIONES- CORTÁZAR

I

La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la  masa  pegajosa  que  se  proclama  mundo,  cada  mañana  topar  con  el paralelepípedo  de  nombre  repugnante,  con  la  satisfacción  perruna  de  que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor  de  la  misma  pasta  dentífrica,  la  misma  tristeza  de  las  casas  de enfrente,  del  sucio  tablero  de  ventanas  de  tiempo  con  su  letrero  «Hotel  de Belgique». Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo  centro  tomamos  café  con  leche  y  abrimos  el  diario  para  saber  lo  que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto  delicado  de  girar  el  picaporte,  ese  acto  por  el  cual  todo  podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien. Apretar  una  cucharita  entre  los  dedos  y  sentir  su  latido  de  metal,  su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar  todo  lo  que  el  hábito  lame  hasta  darle  suavidad  satisfactoria.  Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café. Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela  abierta  sobre  la  mesa  eche  a  andar  otra  vez  en  la  bicicleta  de nuestros  anteojos,  ¿por  qué  estaría  mal?  Pero  como  un  toro  triste  hay  que agachar  la  cabeza,  del  centro  del  ladrillo de  cristal  empujar  hacia  afuera, hacia  lo  otro  tan  cerca  de  nosotros,  inasible  como  el  picador  tan  cerca  del toro.  Castigarse  los  ojos  mirando  eso  que  anda  por  el  cielo  y  acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas  que  el  teléfono  va  a  darte  los  números  que  buscas.  ¿Por  qué  te  los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de  tu  esperanza,  ese  mono  que  se  rasca  sobre  una  mesa  y  tiembla  de  frío. Rómpele  la  cabeza  a  ese  mono,  corre  desde  el  centro  de  la  pared  y  ábrete paso. ¡Oh, como cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa,  con  otras  gentes.  Hay  un  piso  de  arriba  donde  vive  gente  que  no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto  una  polilla  se  para  al  borde  de  un  lápiz  y  late  como  un  fuego ceniciento,  mírala,  yo  la  estoy  mirando,  estoy  palpando  su  corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que  abajo  empieza  la  calle;  no  el  molde  ya  aceptado,  no  las  casas  ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede  arrojarse  sobre  mí  como  una  magnolia,  donde  las  caras  van  a  nacer cuando  las  mire,  cuando  avance  un  poco  más,  cuando  con  los  codos  y  las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal,  y  juegue  mi  vida  mientras  avanzo paso a paso para  ir  a  comprar  el diario a la esquina.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

PIE DE MANZANA


El aire corta los labios en la ventana del bus de venida y de ida
ella espera la mirada condescendiendente de algunos
modula la voz antes de entrar
no falta de vez en cuando pelearse con el cobrador  
aunque la mayoría es indiferente y leen las líneas dibujadas por los carros
Ella habla:
Una moneda, solo una moneda, máximo una moneda mediana y dos pequeñas
Ella canta:
Es mi hija, anda abstraída en una cama donde el dinero del pie de manzana no alcanza, pero sueña sin cerrar sus ojos negros, solo cubre sus pestañas, sus cabellos castaños
Le debo algo y por eso entro a cada teatro de cuatro ruedas raudas de avenidas Arequipas
Soy la más hábil malabarista
camino dentro del bus aunque este salte abrupto en el asfalto a 60 km por hora
Solo una moneda, máximo una moneda mediana y dos pequeñas

Ella tiene corazón de manzana
me lo dijo en un huayno
yo la entiendo,
la sopló ese tipo que luego encontré cantando carnavales
yo andaba abstraído también a pesar que en esa noche andaba con ella
yo la entiendo,
lo dice entre el sonido del motor
yo lo recuerdo,
la pinto en el techo de señales mal pintadas

Ellas tienen corazón de manzana.