Blog de Alexis Baila-UNMSM 2010







domingo, 9 de septiembre de 2012

MANUAL DE INSTRUCCIONES- CORTÁZAR

I

La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la  masa  pegajosa  que  se  proclama  mundo,  cada  mañana  topar  con  el paralelepípedo  de  nombre  repugnante,  con  la  satisfacción  perruna  de  que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor  de  la  misma  pasta  dentífrica,  la  misma  tristeza  de  las  casas  de enfrente,  del  sucio  tablero  de  ventanas  de  tiempo  con  su  letrero  «Hotel  de Belgique». Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo  centro  tomamos  café  con  leche  y  abrimos  el  diario  para  saber  lo  que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto  delicado  de  girar  el  picaporte,  ese  acto  por  el  cual  todo  podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien. Apretar  una  cucharita  entre  los  dedos  y  sentir  su  latido  de  metal,  su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar  todo  lo  que  el  hábito  lame  hasta  darle  suavidad  satisfactoria.  Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café. Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela  abierta  sobre  la  mesa  eche  a  andar  otra  vez  en  la  bicicleta  de nuestros  anteojos,  ¿por  qué  estaría  mal?  Pero  como  un  toro  triste  hay  que agachar  la  cabeza,  del  centro  del  ladrillo de  cristal  empujar  hacia  afuera, hacia  lo  otro  tan  cerca  de  nosotros,  inasible  como  el  picador  tan  cerca  del toro.  Castigarse  los  ojos  mirando  eso  que  anda  por  el  cielo  y  acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas  que  el  teléfono  va  a  darte  los  números  que  buscas.  ¿Por  qué  te  los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de  tu  esperanza,  ese  mono  que  se  rasca  sobre  una  mesa  y  tiembla  de  frío. Rómpele  la  cabeza  a  ese  mono,  corre  desde  el  centro  de  la  pared  y  ábrete paso. ¡Oh, como cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa,  con  otras  gentes.  Hay  un  piso  de  arriba  donde  vive  gente  que  no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto  una  polilla  se  para  al  borde  de  un  lápiz  y  late  como  un  fuego ceniciento,  mírala,  yo  la  estoy  mirando,  estoy  palpando  su  corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que  abajo  empieza  la  calle;  no  el  molde  ya  aceptado,  no  las  casas  ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede  arrojarse  sobre  mí  como  una  magnolia,  donde  las  caras  van  a  nacer cuando  las  mire,  cuando  avance  un  poco  más,  cuando  con  los  codos  y  las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal,  y  juegue  mi  vida  mientras  avanzo paso a paso para  ir  a  comprar  el diario a la esquina.

No hay comentarios: