Blog de Alexis Baila-UNMSM 2010







domingo, 18 de noviembre de 2012

Epístola II-Amigo defensor




Las escaleras carcomidas para el descenso no eran la única dificultad que atravesábamos los buscadores de tesoros para la memoria, había también una flora y fauna agresiva del cerro – cosa que era comprensible, nosotros éramos los invasores. Tanto daño les han hecho en la ciudad que estos seres buscaron un refugio en las alturas. Cada paso era cauteloso y ofensivo para ellos, pero no quedaba más remedio que seguir, no había nadie que nos ayudara: ¿un guía o un dios Inca que se apiade de nosotros los occidentalizados? La neblina no daba respuestas.
Sentí el susurro de la oración de mi acompañante, que por cierto: amaba, sin discriminación alguna, todo lo que provenga de la categoría “Zoo”. 
¡Un momento!, la fauna implícitamente nos ha dado una advertencia – lo sé porque si damos un paso más seremos atacados, desbarrancados y posteriormente petrificados para convertirnos en parte de esta formación producida por el choque de placas continentales. Me lo dice la mirada de aquella gacela encubierta por el polvo olvidado de Lima. Estábamos perdidos, subimos en la mañana y todo parecía tranquilo, ahora en la tarde, cuando nuestra caja de memorias estaba llena con las palabras de aquellos que encontramos dormitando en las formaciones rocosas de la cima: nos asechaban con cada pisada, probablemente, el lugar donde se encontraban nuestros pasos siempre fue un sujeto sagrado y le habíamos faltado el respeto - hubiéramos dejado una ofrenda al "Apu" antes de subir, me decía. No había escapatoria, no nos iban a dejar ir con tan valiosa información.
No sé en qué momento un perro negro de raza altitudinaria nos mira fijamente, se acaricia entre las piernas de los que descienden, lame un regazo y se sintió tan próximo como condescendiente ante nosotros. Nos miramos fijamente, parecía reconocerlo, pero más lo sintió mi compañera. Creo que era la reencarnación de algún conocido nuestro, de algún querido mutuo o ¿será la hierbaluisa que se apiadó de nosotros? En todo momento era respetado, se abría paso del ultimátum – los agresivos agachaban la cabeza. Era flamígero, destellante, imponente, majestuoso y lindo aquel chusco perro negro con ojos de fe y penumbra. Nos protegió sin pedirlo, todo el descenso; luego, desapareció nuestro amado reencarnado, cuando ya nos encontramos a salvo en la faldas del cerro donde había una carretera para llegar a la ciudad. Los mencionados anteriormente, habían sido expulsados de manera voluntaria. Nos fuimos con nuestra caja de memorias con una nueva que no era de nostalgia sino de esperanza inesperada y alegría. Me hubiera gustado agradecerle tanto esfuerzo.
 Hoy me sigo preguntando qué será de nuestro defensor, ¿por qué lo hizo?, ¿y si fue un delirio producido por el calor de los 3000 msnm? Si fue así, ¡qué importa!, fue un sublime espejismo, lo que siempre recordaré que en el momento más necesitado: un perro extraño, se volvió prójimo.

domingo, 4 de noviembre de 2012

La poca imaginación, me cuenta mi amigo, la poca imaginación de aquellas personas que dedican poemas repetidos, versos ya dichos: ya no hay respeto para los que crean. Un poema, cuando ha sido dedicado a ella, es solo para ella, infinitamente ella, es como la providencia que llega al fin en un papel hecho de sal. No hay más dueña infinita de aquel Benedetti de aquel Pizarnik, no hay más dueña austral, y tampoco hoy día, en este mar.
Incauto, ¿sigues siendo perseguido por el viento del norte?