“Es importante hacerlo
quiero que me
relates/tu último optimismo
yo te ofrezco
mi última/confianza
aunque sea un
trueque mínimo…”
Mario
Benedetti
En
el centro de Lima siempre ha habido un espacio donde cualquier persona era
aceptada por el simple hecho de ser ella y querer expresarse, fueron catorce
años los que duró el centro cultural “El Averno”, el arte, era el alimento y
como diría Nietzsche: “No hay mejor artista que el que vive por su arte y su
pan”. Creación, reconocimiento, tolerancia, consecuencia, disconformidad ante
lo establecido se respiraban en aquel punto del jirón Quillca. Solo eso se
necesitaba para poder entrar. El espacio era el encuentro de lo buscado sin
pedirlo conscientemente, lo buscado no solamente en un lugar sino en cada calle
del país. Existía música hecha por artistas que reciben de paga la atención,
había sikuris que tocaban al Inti y la Pachamama, poetas con sus versos de amor
y de cambio; grupos de rock que denunciaban a los políticos junto con voces en
contra de una cultura política: clientelar, corrupta e inescrupulosa; se reunían
los antitaurinos (que encendiendo velas ante el Cristo de la pieza) se
preparaban para marchar hacia la plaza de Acho por un mundo sin sangre; habían
jóvenes y viejos jóvenes que defendían tenazmente la huaca Puruchuco y todos
los que visitaban el lugar jurarían hacer algo contra el Fujimorismo, Sendero
Luminoso y el MRTA si intentasen volver. Cuántas veces se escuchaba: “CONGA NO
VA” y “VAYAMOS A DEFENDER LO QUE NOS PARECE JUSTO”.
Los fulgurantes colores de los
murales expresaban más que representaciones de la realidad eran emociones de un
pequeño Perú. Un Perú que se reconoce pluricultural.
En “El Averno” se estaba gestando una
nueva sociedad ante un Perú que apremia porque se empiece a forjar. Esta sociedad
no estaba siendo ideada por políticos o científicos, los pilares lo estaban
construyendo los artistas. En la sociedad de “El Averno” no existían caudillos que
eran elegidos en votaciones, habían líderes que tenían legitimidad y que además
practicaban la redistribución y la reciprocidad, con arte, claro está. Aquí no
existían clases sociales sino individuos, empero, individuos que se formaron
dentro de esta incipiente sociedad con base en el respeto mutuo. No
se tenía una ideología - venida de tierras lejanas con sus respectivas utopías
- parecería que se estaban formando unas nuevas, por antonomasia, dentro de
cada sociedad existen, aunque nos vendan que han muerto: están vigentes, tener
una ideología no significa dogma quiere decir más bien: un conjunto de
creencias que tiene cada persona sobre el mundo y el hombre, y orienta su
conducta a ciertos valores aceptados como correctos. A partir de esto, cada
individuo tiene una idea del hombre y del mundo así como lo que cree cabal, en
ese sentido, significa libertad de pensar y de creer. Parecería que hoy estamos
en contra de aquellas ideologías y utopías extrapoladas perpetuamente al país.
No puedo decir que debamos de seguir pensando que las que tuvieron un arraigo
mundial: estén vigentes, sean las más adecuadas para el País o si están aún en
desarrollo; lo cierto, es la persistencia de “valores arraigados” perjudiciales
para nuestra sociedad que con el tiempo y con los movimientos formados
anteriormente, no han podido ser superados.
¿Quiénes son los llamados a
construir estas nuevas ideologías o reformular las ya existentes de acuerdo a
la realidad del país? Es la juventud, la historia nos ha demostrado que son los
movimientos juveniles quienes han propiciado los grandes cambios a nivel
mundial: un ejemplo es el “Mayo 68” francés (jóvenes que desde la reforma
universitaria criticaron una sociedad conservadora y plantearon una visión de
sociedad más libre y justa convirtiéndose en un gran movimiento político y cultural:
las canciones de protesta del rock, el feminismo, el ecologismo, el hipismo, Antonio
Cisneros, no fueron casualidad, todos tuvieron influencia de este suceso).
Tenemos el deber histórico de empezar a germinar (lo que El
Averno, quizá, sin darse cuenta lo estaba haciendo) una nueva sociedad que vaya
en contra de estos valores arraigados y que hoy son problemas visibles en el
día a día por individuos gobernados por la indiferencia, la superficialidad, el
bienestar individual, la frivolidad, la neurosis, el desasosiego, la
conformidad, el atomismo, la moda, etc. Construir una distinta sociedad para
construir nuevas institucionalidades, así es, nuevas organizaciones y estados,
parecería que estamos ante el umbral de formarlo porque cada vez vemos la
efervescencia de colectivos juveniles con distintas reivindicaciones y
propuestas, pues, cada tiempo está gobernado por un espíritu epocal – como
diría Hegel. Es la era de no vendernos simulacros, de empezar a juntarnos para
encandilar un movimiento que se cuestiona lo que le circunda y no está conforme
ante la injusticia, el racismo, la indiferencia, la falta de pluralidad, la
corrupción, la contaminación ambiental, la discriminación sexual, el arte de la
industria cultural y exige se funden nuevos valores y revalorar algunos que han
sido excluidos por aquellos que dominan los medios de comunicación o la cultura
de una sociedad en decadencia. Es el tiempo de que los jóvenes formen su propio
movimiento y que dentro de la definición de revolución no se encuentre la
frase: “Lucha armada”. Por el contrario, redefinir revolución teniendo en
cuenta el respeto de ideas, nuevas estrategias de tomar el poder y nueva
democracia; donde la política no signifique corrupción y mediocridad, sino un
cargo decoroso para la comunidad practicada por honestos, honrados y sabios. Debemos
construir nuevos mitos y acabar con los decadentes (¡de qué sirve la juventud
sino es iconoclasta!), organizarnos y proponer un nuevo país donde tengamos
verdadero voz y voto.
¿Se preguntan cómo
empezaremos? Inicialmente: juntándonos, que no seamos átomos que terminan
repelidos debido a su extremo voluntarismo (sucede por no organizarse) se debe
construir una voluntad colectiva; luego: empezar a canalizar nuestros ideales
en acciones con ideas que no repitan los errores del pasado y que refleje que
hemos aprendido de los desaciertos; posteriormente: nuestras acciones deben
tener un fin y debemos expresarlo, ¿cómo lo expresamos?, empecemos con el arte
(es la mejor forma de poder llegar a todas partes). Un arte con esta nueva
visión del mundo, de país, que tenga una nueva voz: política, cultural y social.
Un arte inherentemente contestatario que sobrepase las fronteras locales,
regionales y nacionales.
Los artistas manejan su propio lenguaje y saben cómo llegar a
los corazones deseosos de un cambio para trabajar en un mejor mañana. Tomemos las
calles con esta nueva voz, con este nuevo espíritu, “El Averno” ha sido un
laboratorio, debemos de empezar a reproducirlo por todos los rincones donde
haga falta: ¡Qué se abran mil Avernos y pintemos monumentos con estos nuevos
valores!, porque como iconoclastas destruimos aquellos íconos que enarbolan una
falaz independencia porque sabemos que estamos inmersos en un sistema que
homogeniza a los hombres y acalla la voz de quienes (ciertos representantes)
consideran personas de menor categoría. Nosotros nos damos cuenta y debemos
tener una respuesta; por ello, debemos de formar un movimiento cultural que
llegue hasta los recovecos más lúgubres y encienda la chispa de los peruanos
para la creación de un país distinto, construir espacios que alberguen
insólitas sociedades, organizaciones que propongan un país diferente (la
reforma universitaria nos abre esta posibilidad) y enarbolar nuevos mitos: como
la generación del Bicentenario (somos esa generación y tenemos del deber
histórico de estar a la altura de la generación Centenaria como de cimentar
mejores mundos posibles), formular diferentes utopías y construir una organización
social que nazca desde las bases sociales donde su premisa fundamental sea la
horizontalidad.
Por ahora, el centro cultural
El Averno, ha cerrado sus puertas luego de albergar este inicio de querer
cambiar las cosas y es seguro que ha calado en la mente y el corazón de las
personas que alguna vez recorrieron sus paredes pintadas de esperanza, el
sistema neoliberal ha ganado algunas
batallas pero por el momento no ha ganado la guerra. Este espacio escondido de
Quillca nos deja una enseñanza de lucha, sacrificio y esperanza para formar un deseable
país. Y siempre recordaremos a las personas - que de seguro no les gustan que
las mencione porque no son vanidosas - que fueran capaces de sostener el lugar
durante mucho tiempo.
A partir de aquel ejemplo, las nuevas generaciones deben
despertar y organizarse para luchar por las grandes transformaciones: empezando
por la revolución de los artistas. Autores que cuentan con pinceles, lápices,
historietas, fanzines, esculturas, poemas, cuentos, guitarras, tambores,
zampoñas, y su propio cuerpo para combatir guiados por nuevas ideas con un
nuevo espíritu para un mejor futuro. Y quién sabe, el Perú es una sociedad
matriz, tal vez, este flamante movimiento juvenil desencadene un movimiento
mundial.
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